
CARLOS FRESNEDA (ENVIADO ESPECIAL)
Michelle Robinson, la hoy esposa de Barack Obama, jugaba de niña en los cañaverales del río Sampit, y escuchaba las historias del abuelo Fraser, pero nunca le contaron lo que pasó en la plantación.
Pasaba muchas veces -sin entrar jamás- por delante de Friendfield, como todavía se llama a la propiedad, no lejos de la carretera 521, que lleva a Georgetown, Carolina del Sur. Todas las ramas de su familia arrancan precisamente allí, donde su tatarabuelo Jim Robinson nació y vivió como un esclavo.
Barack Obama dedicó 10 años de su vida a explorar sus raíces africanas y a contarlas en un libro -Sueños de mi padre- con el que empezó a labrar su camino hacia la Casa Blanca. Pero su mujer no había sentido hasta ahora la inquietud, la necesidad o el valor de tirar del árbol genealógico y descubrir su realidad oculta y compartida con 40 millones de afroamericanos, la mayor parte descendientes de los casi cuatro millones de esclavos que llegó a haber antes de la Guerra Civil en Estados Unidos.
"Estoy casado con una mujer negra que lleva la sangre de esclavos y de propietarios de esclavos", reconoció el propio Obama, en su histórico discurso sobre la raza en Filadelfia. Pero los Robinson nunca hablaron de eso. La propia Michelle reconoce que el tema de la esclavitud fue el gran tabú de su familia y acaso lo sigue siendo. De niña escuchó muchas historias sobre la Gran Emigración hacia el norte, hacia Chicago, pero nunca le dijeron lo que pasó realmente en el sur.
Aunque las cosas están cambiando, y ha llegado quizás el momento de contarles lo que ocurrió a sus hijas Malia y Sasha, herederas de esta era postracial encarnada precisamente en el primer presidente negro y en la primera primera dama afroamericana en la historia de Estados Unidos.
El momento de la verdad le llegó en plena campaña electoral. Fue en el mes de enero, cuando los Obama recorrieron como nunca las anchuras de Carolina del Sur, entre los vestigios de las viejas plantaciones.
Para Barack Obama, era la prueba de fuego con la comunidad negra en las peleadísimas elecciones primarias. Para Michelle, que conocía el terreno pantanoso, fue también un momento de busca personal, de encuentro doloroso con un pasado que tarde o temprano tenía que salir a flote.
Michelle se dejó la piel haciendo campaña en Charleston, la emblemática ciudad colonial (donde una de las mayores atracciones turísticas es el viejo mercado de esclavos, humillante escenario de subastas humanas hasta 1859). Cientos de afroamericanos dieron la bienvenida a la entonces aspirante a primera dama, que incitó a superar las heridas del pasado y a pedir enérgicamente el voto de color para su marido: "Hermanos y hermanas, vamos a necesitar vuestra ayuda más que nunca".

La señora Obama cumplió con creces su misión electoral (su marido superó a Hillary por 28 puntos en las primarias históricas de Carolina del Sur, con el 81% del voto negro), pero le quedaba por saldar una deuda más íntima, a 100 kilómetros al norte de Charleston, en el pueblo de sus abuelos y de su lejana infancia: Georgetown.
La entonces aspirante a primera dama hizo un hueco en su agenda y se llegó hasta la iglesia de Bethel AME. Allí le esperaron unos 30 descendientes directos de la saga de los Robinson.
Por primera vez, los familiares de Michelle se reunieron en memoria del tatarabuelo esclavo, Jim Robinson, y se prestaron a hablar abiertamente del viejo tabú al influyente diario estadounidense 'The Washington Post'. Los parientes de Michelle contribuyeron generosamente en la investigación.
"Todo tiene ahora mucho más sentido para mí", dijo entonces Michelle. "Si el patriarca de nuestro linaje era un hombre con un brazo amputado (se refería al bisabuelo, Fraser Senior), que fabricaba zapatos con el brazo que le quedó, un empresario, capaz de tener una propiedad, capaz de construir su propia vida con esfuerzo y determinación en esta ciudad... Ese fue seguramente el mensaje que le llegó a mi abuelo".
Michelle tembló de pura emoción entre los Robinson, pero tal vez no encontró fuerzas suficientes para franquear la puerta de la plantación Friendfield, por donde pasó tantas veces de niña sin saber lo que se escondía detrás.
Tampoco tuvo tiempo de visitar el lugar donde se supone que fue enterrado en 1888 su tatarabuelo Jim Robinson, en un cementerio afroamericano de Georgetown cuajado de tumbas anónimas, en los límites de la plantación.
Gracias a las pesquisas del 'Washington Post', Michelle ha podido reconstruir de lejos la historia de Jim y la de todos sus descendientes. Pasando por su bisabuelo Fraser Senior (Sr.), su abuelo Fraser Junior (Jr.), hasta llegar a su padre, Fraser III, que murió en Chicago en 1991.

Barack y Michelle. Michelle y Barack. El tándem Obama se ha repartido por igual el protagonismo de todos los focos de los que son centro de atención desde que él fuera elegido candidato a la Casa Blanca por el Partido Demócrata. Y no sólo eso, a ojos de los ciudadanos del país, sobre Michelle Robinson Obama —futura primera dama de Estados Unidos—, ha recaído tanta responsabilidad como sobre su cautivador esposo.
Pero el protagonismo de las 'primeras damas' —término de origen estadounidense— no es nuevo. Desde Eva Perón a Jackie Kennedy, Nancy Reagan, Hillary Clinton, Diana de Gales, Carla Bruni o incluso Letizia Ortiz, el papel de 'las consortes', más visual que pragmático, ha sido y es una apuesta ganadora para aumetar la popularidad del mandatario. Éste es precisamente el caso del senador de Illinois, cuyo discurso no sería tan firme sin el apoyo de su mujer.
Michelle es, según venden los propios demócratas, la imagen del sueño americano convertido en realidad; esa quimera «que habla inglés» a la que aspiran ciudadanos de dentro y fuera de las fronteras norteamericanas y que hace creer en una verdadera igualdad de oportunidades. El éxito profesional del que goza ha sido fruto de mucho tesón y una educación basada en el esfuerzo, la disciplina, la tenacidad y la lucha que le inculcaron un padre trabajador de los depósitos municipales de agua, enfermo de esclerosis múltiple, y una madre ama de casa, actual pieza clave de la conciliación de la vida laboral y familiar del matrimonio Obama.
Ella es, precisamente por su origen humilde —de niña dormía en el salón por carecer la casa de suficientes habitaciones—, la que acerca a Barack a las clases más modestas de la sociedad estadounidense que perciben al demócrata como alguien elitista, arrogante y alejado de los problemas económicos que atraviesan muchas familias del país. A pesar de los 210.000 dólares anuales que gana Michelle como vicepresidenta de Relaciones Externas del Hospital de Chicago (puesto que ha abandonado temporalmente), la señora Obama no deja de tener los pies sobre la tierra.
Desde que entrara en campaña en una visita a Puerto Rico para promover la candidatura de su marido, el pasado mes de mayo, Michelle ha protagonizado diversos actos y mítines electorales en los que, según algunos sectores, se percibe una evolución en su discurso que comenzó siendo algo duro, directo y violento y que dulcificó hasta la emotividad en la Convención Demócrata de Denver. Las conferencias iniciales le valieron las primeras críticas por parte de los sectores conservadores, que la acusaron de tener mal carácter. Pero no son las únicas reprobaciones a las que ha tenido que enfrentarse la primera mujer de color que ocupará la Casa Blanca.
Sus detractores la han acusado de estar «resentida» con la sociedad blanca norteamericana. La acusación surgió tras la declaración de Michelle al conocer que su marido había sido elegido como candidato demócrata a las elecciones venciendo a su rival Hillay Clinton: afirmó que era la primera vez que se sentía «realmente orgullosa» de su país, lo que se interpretó como una clara alusión al pasado racista de EEUU. El reproche creció al conocerse la tesis doctoral que escribió en la Universidad de Princeton —a la que optó por becas de estudio—, titulada 'Los negros educados en Princeton y la comunidad negra'. Ahí relataba la señora Obama cómo sus experiencias en la época universitaria le habían hecho darse cuenta más que nunca de su «negritud».
A pesar de haberse convertido en blanco de las críticas de los conservadores, a Michelle no le faltan los simpatizantes. Desde el mundo de la moda, son multitud los diseñadores que la describen como una de las mujeres más elegantes de EEUU y las revistas especializadas se pelean por tenerla en su portada. Su papel de madre, que pregona a los cuatro vientos como el más importante de su vida, le acerca a las mujeres que, como ella, trabajan fuera y dentro de casa y son la verdadera columna vertebral de la familia: «Acabo todos los días agotada y rendida y lo único que quiero es acostar a mis hijas, tomarme una copa de vino y meterme en la cama. Mi familia para mí es lo primero, porque si no podemos criar a nuestros hijos y darles una vida saludable, ¿cómo los ciudadanos pueden confiar en nosotros para solucionar los problemas del mundo?».
Madre, esposa, ejecutiva, ama de casa, política, amiga, hija... Con mal carácter, resentida, liberal y elitista o sencilla, audaz, atractiva y cercana si se prefiere. Lo cierto es que, en pocos meses, la esposa de Barack Obama ha presentado multitud de caras y facetas que tal vez le sirvan para ocultar su verdadera personalidad y que muchos continúen preguntándose aún: ¿quién es realmente Michelle Obama?
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